JUSTICIA SALOMÓNICA

(Enero 2013)

El reciente anuncio de la canciller Holguín sobre el estudio de una nueva estrategia ante el fallo de la corte de La Haya evidencia una vez más el malestar general por los resultados del caso. La sentencia del 19 de noviembre despertó el patriotismo de muchos, así como la vehemencia de otros, que sugirieron el desacato inmediato e insinuaron sutilmente la recuperación del mar con la fuerza armada. Hasta el presidente Santos declaró en su momento la defensa del territorio con todas las herramientas posibles. Diplomáticos y pacifistas se escandalizaron con la propuesta; pero la realidad es que la negativa de aceptar el veredicto guarda más relación con la pérdida de derechos económicos sobre la región, que con la belleza del mar de siete colores. 




En esencia la disputa, como otras a nivel internacional, no es más que la batalla por los recursos que se agudiza, despertando tensiones olvidadas en la posguerra. Hoy los intereses geopolíticos, y especialmente económicos, priman sobre los tratados multilaterales de cooperación, el propósito de paz entre las naciones, e incluso las posibles consecuencias socioeconómicas. Casos como el de las Malvinas o las islas Senkaku/Diaoyu, con importantes reservas alrededor, han reavivado resentimientos patrióticos en los últimos meses. Por ejemplo, la crisis energética que enfrenta Japón tras el accidente nuclear de Fukushima, ejerce presión sobre la disputa, generando violentas manifestaciones de ambas partes. Además, empresas como como Panasonic, Honda y Nissan cerraron sus plantas chinas en septiembre; tan solo la producción de Toyota cayó 61,6% en octubre.




Ahora, la corte de La Haya, principal órgano judicial de la ONU, es la encargada de resolver controversias entre los Estados a través de sentencias “salomónicas”, según la teoría de nuestra canciller, buscando la equidad, dando a cada una de las partes un poco o lo suficiente para “dejar a todos contentos”. Ese es un postulado equivocado, pues confunde justicia con equidad. De ser Salomón un juez de hoy, hubiera dividido al bebe por igual o hubiera otorgado la maternidad a las dos madres que lo reclamaban; equitativo, más no justo. En lugar de eso, le dio a cada una lo que merecía. ¿Quién dijo que justicia significa que todos deben recibir igual medida? En San Andrés, no solo se dividió al bebe, sino que se le dio más de lo merecido a la falsa madre. ¿Justicia? No, pero se supone que todos quedan contentos.




Como decía un columnista en El Diario del Otún hace unos días: “tales soluciones salomónicas son un invento que justifica al juez para evadir responsabilidades cuando es incapaz de dar sentencias justas”. A mi juicio no pudo estar más correcto, y la corte de La Haya parece seguir la tendencia, mostrándose además como un tribunal poco confiable, que sustenta sus decisiones en un ambiguo criterio de equidad. ¿Cómo resolverán entonces los países diferencias relacionadas con la sostenibilidad del medioambiente y el desarrollo económico en el futuro? Y si no hay acuerdos multilaterales que satisfagan a todas las partes, ¿Consideraremos la validez de la violencia como método de solución de conflictos? ¿Dónde queda la evolución hacia formas de vida más humanitarias? Importante reflexión en este mundo de recursos en extinción. 


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